sábado, 2 de julio de 2011

Diecinueve del Amor del Eterno Presente

Soplan buenos vientos para mi República, esta Nueva Luna que ha poco resucitó nos invita a renovarnos y abrazar con frescura los inminentes desafíos que se nos avecinan. Lo de desafío es sólo un pequeño guiño al viejo lenguaje, en esta fantástica y real, común y extraordinaria Era del Eterno Presente, no tenemos desafíos, ni mucho menos la necesidad imperiosa de afrontarlos; afrontar es una expresión en desuso en estos días: nosotros abrazamos el Presente con todas y cada una de sus infinitas maravillas. En cuanto a lo otro, ¿qué reto o desafío podrían tener quienes ya han sembrado el Paraíso en sus corazones, plenos de Amor, Fe y Esperanzas, y reposado en esa Quietud tan idílica como verdadera? Cuando vivimos en el Presente, en el Ahora, todas nuestras diferencias se disipan, ya no tiene sentido competir porque todos hemos conseguido la mayor de las victorias, un triunfo que no dura un año ni cuatro, sino toda una Eternidad. Ciertamente éste ya no es momento para perdedores, porque en el Eterno Presente no existen los perdedores, sólo la Gloria, el Triunfo y la Alegría. Y por encima de todo, el Amor. Todo aquello que lo disfrazaba y cortaba sus alas no puede ya existir, no fue más que una fantasía pasajera; todo eso que llamaban dolor, desengaños, desilusiones, sufrimientos, lamentos y demás separatismos, no era más que la ilusión efímera programada por algo ajeno a nuestra verdad y que ocultaba y adormecía nuestra grandeza. Sin embargo, breve fue el tiempo para lo que fue doloroso, para lo falso, para el engaño, para el rencor, para la envidia y la impotencia, fue breve y fue tiempo; tiempo, eso que no existe ya porque le es ajeno a la Era del Eterno Presente de la cual hoy cumplimos esta decimonovena simbólica jornada. Para el Amor no existe el tiempo, tan sólo la Eternidad, porque esa es la dimensión en la que verdaderamente actúa.

Jesús María Bustelo Acevedo

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